Godoy, una visión particular, capítulo 5

El tratado de San Ildefonso

Tras la firma del tratado de paz de Basilea, en 1795, y debido sobre todo a la hostilidad mostrada por Gran Bretaña, que no cesaba de hostigarnos, se decide que ha llegado el momento de estrechar más los lazos y firmar “un tratado de alianza ofensiva y defensiva, comprensivo de todo lo que interesa á las ventajas y defensa común de las dos naciones”.

Así pues, el 18 de agosto de 1796, se firma el tratado de San Ildefonso en los siguientes términos (Copia literal)


Catherine-Dominique de Pérrignon,
firmante por parte de Francia del tratado de San Ildefonso


I. Habrá perpetuamente una alianza ofensiva y defensiva entre S. M. Católica y el rey de España y la República francesa.

II. Las dos potencias contratantes se garantirán mutuamente sin reserva ni excepción alguna, y en la forma más auténtica y absoluta, todos los estados, territorios, islas y plazas que poseen y poseerán respectivamente; y si una de las dos se viese en lo sucesivo amenazada ó atacada bajo cualquier pretexto que sea, la otra promete, se empeña y obliga á auxiliarla con sus buenos oficios, y socorrerla luego que sea requerida, según se estipulará en los artículos siguientes.


III. En los términos de tres meses contados desde el momento de la requisición, la potencia requerida tendrá prontos, y a la disposición de la potencia demandante, quince navíos de línea, tres de ellos de tres puentes ó de ochenta cañones, y doce de setenta a setenta y dos, seis fragatas de una fuerza correspondiente, y cuatro corbetas o buques ligeros, todos equipados, armados, provistos de víveres para seis meses, y de aparejos para un año. La potencia requerida reunirá estas fuerzas navales en el puerto de sus dominios que hubiere señalado la potencia demandante.


IV. En el caso de que para principiar las hostilidades juzgase á propósito la potencia demandante exigir solo la mitad del socorro que debe dársele en virtud del artículo anterior, podrá la misma potencia en todas las épocas de la campaña pedir la otra mitad de dicho socorro, que se suministrará del modo y dentro del plazo señalado; y este plazo se entenderá contando desde la nueva requisición.

V. La potencia requerida aprontará igualmente en virtud de la requisición de la potencia demandante, en el mismo término de tres meses contados desde el momento de dicha requisición, diez y ocho mil hombres de infantería, y seis mil de caballería, con un tren de artillería proporcionada; cuyas fuerzas se emplearán únicamente en Europa, ó en defensa de las colonias que poseen las partes contratantes en el golfo de Méjico.
VI. La potencia demandante tendrá facultad de enviar uno o mas comisarios, á fin de asegurarse si la potencia requerida con arreglo á los artículos antecedentes se ha puesto en estado de entrar en campaña en el día señalado con las fuerzas de mar y tierra estipuladas en los mismos artículos.
VII. Estos socorros se pondrán enteramente á la disposición de la potencia demandante, bien para que los reserve en los puertos ó en el territorio de la potencia requerida, bien para que los emplee en las expediciones que le parezca conveniente emprender, sin que esté obligada á dar cuenta de los motivos que la determinan á ellas.
VIII. La requisición que haga una de las potencias de los socorros estipulados en los artículos anteriores, bastará para probar la necesidad que tiene de ellos, y para imponer á la otra potencia la obligación de aprontarlos, sin que sea preciso entrar en discusión alguna de si la guerra que se propone hacer es ofensiva o defensiva, ó sin que se pueda pedir ningún género de explicación dirigida á eludir el mas pronto y más exacto cumplimiento de lo estipulado.
IX. Las tropas y navíos que pida la potencia demandante quedarán á su disposición mientras dure la guerra, sin que en ningún caso puedan serle gravosas. La potencia requerida deberá cuidar de su manutención en todos los parajes donde su aliada las hiciese servir, como si las emplease directamente por sí misma. Y solo se ha convenido que durante todo el tiempo que dichas tropas ó navíos permanecieren dentro del territorio ó en los puertos de la potencia demandante, deberá esta franquear de sus almacenes o arsenales todo lo que necesiten, del mismo modo y á los mismos precios que si fuesen sus propias tropas y navíos.
X. La potencia requerida reemplazará al instante los navíos de su contingente que pereciesen por los accidentes de la guerra, ó del mar; y reparará también las pérdidas que sufriesen las ropas que hubiere suministrado.
XI. Si fuesen o llegasen á ser insuficientes dichos socorros, las dos potencias contratantes pondrán en movimiento las mayores fuerzas que les sea posible, así de mar como de tierra, contra el enemigo de la potencia atacada, la cual usará de dichas fuerzas, bien combinándolas, bien haciéndolas obrar separadamente, pero todo á un plan concertado entre ambas.
XII. Los socorros estipulados en los artículos antecedentes se suministrarán en todas las guerras que las potencias contratantes se viesen obligadas á sostener: aún en aquellas en que la parte requerida no tuviese interés directo, y solo obrase como puramente auxiliar.
XIII. Cuando las dos partes llegaren á declarar la guerra de común acuerdo á una ó más potencias, porque las causas de las hostilidades fuesen perjudiciales á ambas, no tendrán efecto las limitaciones prescritas en los artículos anteriores, y las dos potencias contratantes deberán emplear contra el enemigo común todas sus fuerzas de mar y tierra, y concertar sus planes para dirigirlas hacía los puntos más convenientes, bien separándolas o bien uniéndolas. Igualmente se obligan en el caso expresado en el presente artículo, á no tratar de paz sino de común acuerdo, y de manera que cada una de ellas obtenga la satisfacción debida.
XIV. En el caso de que una de las potencias no obrase sino como auxiliar, la potencia solamente atacada podrá tratar por si de paz; pero de modo que de esto no resulte perjuicio alguno á la auxiliar, y que antes bien redunde en lo posible en beneficio directo suyo; á cuyo fin se enterara á la potencia auxiliar del modo y tiempo convenido para abrir y seguir las negociaciones.
XV. Se ajustará muy en breve un tratado de comercio fundado en principios de equidad y utilidad reciproca á las dos naciones, que asegure á cada una de ellas en el país de su aliada una preferencia especial á los productos de su suelo, y á sus manufacturas, ó á lo menos ventajas iguales á las que gozan en los estados respectivos las naciones más favorecidas. Las dos potencias se obligan desde ahora á hacer causa común, así para reprimir y destruir las máximas adoptadas por cualquier país que sea, que se oponga á sus principios actuales, y violen la seguridad del pabellón neutral, y respeto que se le debe; como para restablecer y poner el sistema colonial de España sobre el pie en que ha estado o debido estar según los tratados.
XVI. Se arreglará y decidirá al mismo tiempo el carácter y jurisdicción de los cónsules por medio de una convención particular; y las anteriores al presente tratado se ejecutaran interinamente.
XVII A fin de evitar todo motivo de contestación entre las dos potencias, han convenido que tratarán inmediatamente y sin dilación, de explicar y aclarar el artículo VII del tratado de Basilea, relativo á los límites de sus fronteras, según las instrucciones, planes y memorias que se comunicarán por el medio de los mismos plenipotenciarios que negocian el presente tratado.
XVIII. Siendo la Inglaterra la única potencia de quien la España ha recibido agravios directos, la presente alianza solo tendrá efecto contra ella en la guerra actual, y la España permanecerá neutral respecto á las demás potencias que están en guerra con la república.

XIX. El canje de las rectificaciones del presente tratado se harán en el término de un mes contándose el día en que se firme.

Hecho en San Ildefonso á 18 de Agosto de 1796.—(L. S.) EL PRÍNCIPE DE LA PAZ.—(L. S) PÉRIGNON.

En principio puede parecer que el tratado beneficiaría a España en su conflicto con Gran Bretaña. Pues no es así, ya que la primera consecuencia fue declarar la guerra abierta contra Inglaterra, lo que supuso un enorme gasto para las maltrechas arcas españolas al enfrascarse nuestra escuadra, no en la defensa de nuestras posesiones de ultramar (que era lo que el ingenuo de Godoy creía haber firmado) si no en el bloqueo internacional a la “Pérfida Albión”. Consecuencia directa de la firma de este tratado son las batallas de Cabo San Vicente (1797) y los combates en Santa Cruz de Tenerife, entre otros. 

La desastrosa situación económica en España y Gran Bretaña empuja a ambas naciones a deponer las armas y las relaciones de Godoy con el directorio francés se hacen tirantes.

Godoy, una visión particular, capítulo 4

La guerra contra la Convención.

     Como vimos anteriormente, nuestro personaje es ascendido al más alto honor concedido por la corona en un ambiente internacional enrarecido: Su antecesor, Aranda, había reconocido a la República Francesa con la esperanza de que España permaneciera neutral en la guerra que ya había comenzado. Lo cual supuso su destitución y el posterior nombramiento de Godoy como hombre fuerte. Esta fue una de las decisiones más nefastas que pudieran tomar los reyes, puesto que se necesitaba a alguien mucho más inteligente y que se supiera mover mejor en las turbulentas aguas internacionales.
    La guerra contra la Convención requiere un artículo propio, que viene a continuación, haciendo aquí un breve resumen de dicha guerra y sus terribles consecuencias, puesto que es, de hecho, el origen de todos los males posteriores.
    Tras la ejecución del rey de Francia (23 de enero de 1793), España no declaró inmediatamente la guerra, si no que se dedicó a esperar a que Francia se debilitara. Pero la maniobra no salió bien, pues fue Francia la que nos declararía la guerra el 7 de marzo de 1793.
     Al mando de la expedición española Godoy nombró al General Ricardos. Esta fue una gran elección, pues este era un o de los mejores generales del momento. 
General Ricardos

Al principio de la campaña las cosas no pudieron ir mejor para los españoles, siendo el único ejército de Europa que estaba derrotando a los revolucionarios, pero al final de la campaña, debido sobre todo a la falta de suministros, los españoles se tuvieron que retirar. Si a esto unimos las inoportunas órdenes de Godoy, la muerte de Ricardos y la contraofensiva francesa, da como resultado que en 1794 los franceses habían tomado parte de las provincias vascongadas. (Uso la nomenclatura del Siglo XVIII y XIX, no hay más que mirar un mapa de la época).
    Estando así las cosas, no se podía hacer otra cosa más que pedir la paz, que tras la muerte de Robespierre (28 de julio de 1794), también la deseaban los franceses, pues a pesar de sus éxitos no les había ido tan bien en la guerra y además evitaban así tener otro frente más abierto.
Maximilien Robespierre
    Al conjunto de tratados firmados con Francia se le conoce como La Paz de Basilea, según los cuales España recuperaba Guipúzcoa a cambio de Santo Domingo. Por la negociación de este documento se le otorgó a D. Manuel un nuevo (y pintoresco) título Príncipe de la Paz. Aquí, en España, se veía con buenos ojos esta nueva paz, pues se recuperaba, según la estrechísima visión de aquellos hombres, un aliado que nos ayudaría en nuestra particular guerra contra Gran Bretaña. Volvíamos a la antigua alianza Franco-hispana que según los reyes, nunca hubo de haberse roto. Así pues, tras la “fabulosa” negociación del tratado, y para reforzar nuestros lazos con la Francia amiga contra la “pérfida Albión”, se firmó el no menos nefasto Tratado de San Ildefonso, del que hablaremos más adelante.

Godoy, una visión particular, Capítulo 3

EL ASCENSO METEÓRICO

Hay que reconocer que pocas personas han ascendido tantísimo en tan poco tiempo. Habíamos dejado a nuestro protagonista en el año 1788 como miembro de la Guardia de Corps y amigo de los Príncipes de Asturias. 
Conde de Floridablanca



En aquel tiempo, el hombre fuerte era Floridablanca, nombrado por Carlos III y a su muerte, ese mismo año, dejó en su testamento que debía de permanecer en el puesto como hombre de confianza. Como se puede apreciar era una decisión forzada.  Cabe recalcar aquí que al futuro rey de España no le gustaba gobernar, es más, no quería. Lo encontraba engorroso y aburrido, y le distraía de sus aficiones, tales como la relojería. Además, Carlos IV no confiaba en él, o mejor dicho quería tener a su lado una persona totalmente leal a su persona y que no fuera impuesta. Si a esto sumamos la más que amistad que tenía María Luisa con Godoy, no sorprende que fuera este el elegido.
Asciende al trono Carlos IV el día 14 de diciembre y el día 30 es ascendido a Cadete supernumerario con servicio en palacio, lo que significa un gran honor y que los reyes ya contaban con D. Manuel como hombre de confianza. Pero no podían ponerlo aún como valido del rey puesto que no venía de una gran familia nobiliaria, si no de una familia de la baja nobleza. Había que dotarle de títulos importantes para que pudiera codearse con el resto de los nobles. Además, Floridablanca aún era el que verdaderamente mandaba en la Corte de Madrid, y no se iba a dejar pisar el terreno tan fácilmente por un recién llegado.
Llega el año de la Revolución Francesa, 1789, (toma de la Bastilla) y pululan por Francia los escritos revolucionarios. Floridablanca, que hasta la fecha había sido un ilustrado, ve el peligro de que dichas ideas puedan fraguar en España y se propone atajarlo cerrando las fronteras con nuestro vecino del norte. Ese mismo año, en mayo, Godoy es ascendido a coronel de caballería. 
En julio estalla la Revolución Francesa, y el primer ministro Floridablanca, hace que el cierre de fronteras sea más férreo (aunque no lo consiguió del todo), y mandó unas notas amenazadoras a Francia. No se podía tolerar la subversión del orden establecido en Francia, un vecino tan cercano. Como se ve, la situación internacional era muy tensa. En este contexto, los reyes (y sobretodo la reina) ya habían tomado la determinación de poner a su amigo al frente de España, pues en noviembre lo nombran caballero de Santiago, y en 1790, Comendador de la Orden. En 1791 pasa a ser mariscal de campo, gentilhombre de cámara y en julio es nombrado teniente general y se le otorga la gran cruz de Carlos III.
Ese mismo año es detenido en Francia Luis XVI, y la reacción de Floridablanca fue la de responsabilizar a la Asamblea de la seguridad del rey, consiguiendo el efecto contrario, agravando aún más su situación. Fruto de esta actuación fue la de aumentar la tensión entre ambas naciones. Además, acusó a Godoy de ser amante de Dª Mª Luisa, lo cual fue la gota que colmó el vaso: No solo había puesto en peligro la paz entre los dos estados, si no que además acusaba a la reina de tener como amante a un advenedizo adulador. El resultado fue su inmediata destitución y la cárcel. En enero de 1792 fue substituido por Aranda, su adversario político, y amigo de los revolucionarios franceses. Este nombramiento es visto por varios autores como una maniobra para situar a Godoy como favorito del rey, pues ese mismo año se le nombra duque de Alcudia (título con el que ya obtenía gran poder en el gobierno) y Grande de España. Aranda tuvo el tropiezo que estaban esperando: reconoció a la república francesa a cambio de la neutralidad de nuestra patria en la guerra que ya había comenzado contra Austria y demás países que no la habían reconocido. Aunque la decisión era oportuna, pues la Hacienda Pública estaba más que en horas bajas, no fue bien visto por los nobles españoles que veían un gran peligro en aquella revolución. Este fue el momento para nombrar a D. Manuel Godoy  como Secretario de Estado y darle el Toisón de oro.
Así pues, con 25 años de edad, Godoy se convertía en el Secretario de Estado más joven de España. No es que fuera mal visto por los coetáneos el que una persona tan joven ascendiera a tan gran honor, pues en Gran Bretaña se tenía un ejemplo parecido, si no que lo que sí se veía con muy malos ojos es el cómo lo había logrado. Como ya dije anteriormente, se debió no solo por ser amante de la reina, (se le atribuye la paternidad de dos de los hijos de la reina, y su suegra se refería a ella como pequeña bastarda epiléptica procreada por el crimen y la maldad), si no también por la amistad y lealtad para con con el rey, y la apatía de este para gobernar.

Godoy, una visión particular, Capítulo 2

Primeros años.

D. Manuel Domingo Francisco Godoy Álvarez de Faria nació en la calle Santa Lucía de Badajoz el 12 de mayo de 1767, hijo de José Godoy y Sánchez de los Ríos, y de doña María Antonia Justa Álvarez de Faria y Sánchez Zarzosa. El padre de D. Manuel era coronel del ejército, regidor perpetuo de Badajoz y alcalde de Santa Hermandad por el estamento nobiliario en 1768, 1778, 1779 y 1786, y su madre, era de origen portugués pero nacida igualmente en Badajoz. Ambos pertenecían a la nobleza de provincias, aunque venida a menos, lo que les permitía el acceso a cargos que sólo los nobles podían ocupar en aquellos tiempos. Así, por ejemplo, cabe destacar que varios antepasados de Godoy pertenecieron a las Ordenes Militares de Santiago y Calatrava, igual que el mismo y dos de sus hermanos (uno de ellos fue maestre de ambas). Para el ingreso en las mismas se requería probar nobleza no interrumpida en ocho grados.

El joven D. Manuel recibió una educación esmerada, adquiriendo conocimientos de matemáticas, humanidades y filosofía, así como instrucción en esgrima y equitación, siendo estos últimos conocimientos imprescindibles para poder ejercer cualquier puesto en la carrera militar.



D. Manuel Godoy



Al cumplir los 17 años, en 1784, fue enviado a la corte de Carlos III, donde ingresó en la Guardia de Corps, donde ya estaba su hermano mayor Luis.

El accidente que le cambió la vida

Tal y como cuenta su propio hermano: Manuel, en el camino de La Granja a Segovia, tuvo una caída del caballo que montaba. Lleno de coraje lo dominó y volvió a cabalgarlo. Como iba en la escolta de la Serenísima Princesa de Asturias, tanto esta como el Príncipe se han interesado vivamente por lo ocurrido.

Dado que D. Manuel estaba dotado de una conversación amena y un trato seductor se fue granjeando la simpatía y amistad de los Príncipes de Asturias, María Luisa y Carlos en 1788 cuando fueron presentados oficialmente.

   D. Carlos IV en su juventud                                                                    Dª. María Luisa de Parma 1789


















Hay autores que aseguran que tras el accidente D. Manuel y Dª. María Luisa fueron amantes, pero no hay pruebas de ello, aunque es cierto que Dª. María Luisa fue infiel a su marido en numerosas ocasiones. Por ejemplo se sabe que sí fue amante del hermano de D. Manuel, lo cual supuso que el rey Carlos III lo desterrara de la corte.
Lo que se puede desprender de este echo es que se granjearon una amistad mutua los príncipes de Asturias y el futuro valido y que tanto el fruto de esta amistad, como sus dotes como adulador y el carisma de D. Manuel, provocaron el inicio de una carrera vertiginosa. Lo que no se puede asegurar es que fuera ascendido por ser amante de la reina, pues de ser así, más de media corte madrileña habría tenido el mismo ascenso. Por tanto el ser, o no, amante de la reina es irrelevante para ver en ello la única razón de su ascenso.


Hasta ahora hemos visto lo que podría ser la vida de cualquier noble de su época; a partir de ahora veremos la vertiginosa ascensión hasta convertirse en el hombre más poderoso del reino y cómo fue enmarañándose la situación, las decisiones que tomó y las consecuencias de las mismas, hasta convertirse en el hombre más odiado de España. Pero eso será en siguientes capítulos.


Fuentes consultadas para el presente capítulo: WIKIPEDIA, ARTEHISTORIA.COM y Boadillla.com/pages/godoy.htm

Godoy, una visión particular

Godoy es un personaje crucial en la Historia de España. Quizá, si hubiera vivido en otra época sería uno más de la legión de políticos desconocidos que han poblado la política nacional. El problema es que era un ¿mediocre? que le tocó lidiar en un momento de la historia verdaderamente complejo, un momento en el que se necesitaba alguien más íntegro moralmente y mucho más inteligente.

Es un personaje crucial porque a causa de sus decisiones, de las malas decisiones,  de sus indecisiones y contradicciones, las consecuencias para nuestra Patria fueron nefastas. Según todos los historiadores de los siglos XIX y parte del XX que han estudiado a este personaje fue el culpable directo e indiscutible de todos los males acaecidos en España desde 1800 hasta el fin del reinado de Fernando VII. Sin embargo, los últimos estudios revisionistas, no solo le exculpan de la mayor parte de las acusaciones de traición, si no que además tratan de recuperar la imagen de D. Manuel. ¿Quién tiene razón? lo estudiaremos a lo largo de varios capítulos